Category Archives: Edgar Smith

Hecatónquiros

No debe ser sorpresa esta iniquidad del hombre
si de los dioses somos títeres y reflejo.

Si desde el génesis de su eterno espejo,
les urdimos, les imitamos, y clamamos sus nombres.

No es fortuita esta ojeriza de padre contra hijo
si griegos manuscritos mencionan el nombre
de un dios que engendra y teme, cual hombre,
tres vástagos monstruosos, de rostro y brazos, prolijo.

Briareo, Giges, y Coto, hijos malditos de Urano,
los Hecatónquiros, así los perpetuó la mitología
y los destinan al Tártaro, su padre y su hermano.

Cien brazos y cincuenta cabezas, son ahora simbología
de la titánica guerra del hombre inculto y vano
en el infierno que, cual dioses, su ego forja día a día.

Por:


Edgar Smith
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Tu Ausencia

Cuando callas,
un idioma exótico
surca tu rostro
susurra su gramática
en el auditorio del silencio,
y tu mirada teje telas
de otras realidades.

Cuando callas,
te marchas al vientre
de tu pensamiento,
a parir visiones en tus ojos
sin reflejo
y miras sin ver,
y es como si no estuvieras.

Cuando callas,
tomo tu mano
para no dejarte ir
y a tu ausencia le susurro
tu nombre,
pero que grita
tan alto tu silencio,
que temo soltarte
y que no regreses.

Por Edgar Smith
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Maldición

Un sueño me reveló tu rostro.
La oquedad de mis días
me lo devolvió con ácida limpidez.

Teñido naranja de ocaso
lo calcó un espejo.
En el animado espejo
de un riachuelo me sorprendió desfigurado.
Lo descubrí acechándome en retrovisores
allende los maniquíes en las vitrinas
diminuto en espejuelos
y oscuro en cualquier sombra.

Un gato lo trajo de fuego
en los ojos una madrugada
y volvió todas las noches posteriores
a perturbarme lo sueños.

Veía tu rostro en el armario
en las caras de la Matryoshka
en el mango del cuchillo
en el estruendo de las cosas que se caen
en el rugido del hastío
en la visita de Erato
en la portada de un libro de Gustave Flaubert
en la hoguera de memorias aún por acaecer.

Cuando por fín te conocí,
el sol ya no sangraba colores
y la noche, recién nacida,
gritaba algunas tenues sombras.

Corrí entonces tanto como pude
a tropezarme de muerte con el olvido.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados

Conspiración

Se durmió el sol y dejó un pozo
oscuro donde esta tarde estuvo el cielo.
Alguien recogió las estrellas que apenas
anoche tiritaban de frío.
De los árboles que me acompañaron
ya sólo quedan las sombras.
Hasta el río se ha vuelto sólo rumor.

Estamos solos.

Creo que todos sabían que esta noche
nos encontraríamos para amarnos.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados

Ajedrez

Dos colores
que buscan una muerte.
Dos dioses de una guerra
y una telepatía.
Cuatro ojos que se cuadriculan,
y el tiempo se olvida en el salto
de un equino sobre una torre,
en la astucia de una reina
ubicua y letal.

Atalaya negra,
cuídate del sacrificio de los
pequeños,
daños colaterales de la causa
del que está arriba.

Dos colores se enfrentan
silenciosos,
avatares de un minúsculo mundo
de estrategias y lenta observación.
No demasiado diferente
al externo mundo y su historia,
otros pensadores han perfeccionado
el arte de la manipulación,
del engaño, y la soberbia.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados

Un paisaje


Estoy despierto
Pero el día es un sueño ancho.

Sobre el verde de esta hierba
soy un lirio en comunión con Dios,
que hoy es polen y olor a pan.

Salí a escribir un poema.

Atrás dejé las otras deidades:
oficina, celular, reloj, recibos…
El verso no halla empatía en la vanidad.

Pero el verso, ese ñandú libre,
tampoco obedece caprichos.

Las palabras se vuelcan desde la pluma
pero carecen de forma.

Empujo el numen
bailo el verbo
desvisto el adjetivo
adverbio las acciones
pero el poema se rehúsa.

Escribo una línea costosa
porque salió enlagrimada.

La otra, vana como el oro,
tiene destino en el Leteo.

Suspiro.
Enmudezco de nubes amorfas.

Usurpando el horizonte,
sorprendo tres montañas, escarlatas de crepúsculo.

De tan hermosas, veo la brisa y es un color inédito.

Imagino menudas aves que la sobrevuelan
y un campesino agotado besa el agua de la cantimplora.

No sé -no distingo-
si aquel fulgor es quizás una mujer y su sonrisa.

El canto de un rosal escondido acaricia mis tímpanos,
la noche se anuncia de sombras grises en la grama.

Aspiro hondo.
Si dios existe, está sin duda en estas pequeñas cosas:
la luz, el aire, las montañas…la quietud.

Paso dichoso.

Hoy, en lugar de escribirlo,
he atestiguado el poema.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados