Maldición

Un sueño me reveló tu rostro.
La oquedad de mis días
me lo devolvió con ácida limpidez.

Teñido naranja de ocaso
lo calcó un espejo.
En el animado espejo
de un riachuelo me sorprendió desfigurado.
Lo descubrí acechándome en retrovisores
allende los maniquíes en las vitrinas
diminuto en espejuelos
y oscuro en cualquier sombra.

Un gato lo trajo de fuego
en los ojos una madrugada
y volvió todas las noches posteriores
a perturbarme lo sueños.

Veía tu rostro en el armario
en las caras de la Matryoshka
en el mango del cuchillo
en el estruendo de las cosas que se caen
en el rugido del hastío
en la visita de Erato
en la portada de un libro de Gustave Flaubert
en la hoguera de memorias aún por acaecer.

Cuando por fín te conocí,
el sol ya no sangraba colores
y la noche, recién nacida,
gritaba algunas tenues sombras.

Corrí entonces tanto como pude
a tropezarme de muerte con el olvido.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados

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