Un paisaje


Estoy despierto
Pero el día es un sueño ancho.

Sobre el verde de esta hierba
soy un lirio en comunión con Dios,
que hoy es polen y olor a pan.

Salí a escribir un poema.

Atrás dejé las otras deidades:
oficina, celular, reloj, recibos…
El verso no halla empatía en la vanidad.

Pero el verso, ese ñandú libre,
tampoco obedece caprichos.

Las palabras se vuelcan desde la pluma
pero carecen de forma.

Empujo el numen
bailo el verbo
desvisto el adjetivo
adverbio las acciones
pero el poema se rehúsa.

Escribo una línea costosa
porque salió enlagrimada.

La otra, vana como el oro,
tiene destino en el Leteo.

Suspiro.
Enmudezco de nubes amorfas.

Usurpando el horizonte,
sorprendo tres montañas, escarlatas de crepúsculo.

De tan hermosas, veo la brisa y es un color inédito.

Imagino menudas aves que la sobrevuelan
y un campesino agotado besa el agua de la cantimplora.

No sé -no distingo-
si aquel fulgor es quizás una mujer y su sonrisa.

El canto de un rosal escondido acaricia mis tímpanos,
la noche se anuncia de sombras grises en la grama.

Aspiro hondo.
Si dios existe, está sin duda en estas pequeñas cosas:
la luz, el aire, las montañas…la quietud.

Paso dichoso.

Hoy, en lugar de escribirlo,
he atestiguado el poema.

Por Edgar Smith
Derechos Reservados

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